En junio de 1977, mientras el país (al menos futbolísticamente) respiraba la ansiedad de la inminente Copa del Mundo y la Selección de César Luis Menotti buscaba su identidad mientras las potencias europeas empezaban a pisar suelo sudamericano para aclimatarse, Tucumán atravesaba la desazón de haber sido descartada como subsede algunos meses atrás. Sin embargo, como una suerte de premio de consuelo, se vistió de gala para recibir en un amistoso a una de las delegaciones más temibles de la época: la Selección Nacional de Polonia.
Aquella Polonia no era un invitado más. Venía de obtener el tercer puesto en el Mundial de Alemania 1974, cayendo en la semifinal ante el que, a la postre, sería el campeón, y derrotando a Brasil en el partido por el podio. En 1976 habían ganado la medalla de plata en los Juegos Olímpicos. Con nombres que quedaron en la historia, como Grzegorz Lato (goleador de aquel Mundial), el elegante capitán Kazimierz Deyna (a quien Fillol le taparía un histórico penal en Rosario al año siguiente) y un joven Zbigniew Boniek (luego campeón de Europa y del mundo con la Juventus), los polacos representaban el fútbol total, físico y técnico de la esfera soviética que los clubes del interior rara vez tenían la oportunidad de enfrentar.
Arribo con turbulencias
El equipo del Viejo Continente realizaba una gira por el país en busca de adaptación a las condiciones que enfrentarían en la Copa del Mundo. Tras pasar por Buenos Aires, Córdoba, Rosario y Jujuy, la llegada de los europeos a la provincia tuvo tintes de odisea, tal como lo reflejaba la edición de nuestro diario el martes 7 de junio. El vuelo que debía traerlos desde San Salvador de Jujuy —donde acababan de vencer a Gimnasia por 2 a 0— no pudo aterrizar en el aeropuerto tucumano debido a las pésimas condiciones climáticas. La espesa niebla local obligó al avión a desviarse hacia Santiago del Estero, donde se repitió el escenario. La aeronave debió volver a Jujuy, y el equipo tuvo que trasladarse en ómnibus hasta San Miguel de Tucumán.
Finalmente, tras ese agotador viaje por tierra, la delegación de Europa del Este se instaló en un hotel céntrico. A pesar del cansancio, el clima en la ciudad era eléctrico. “Esta noche se presentará en el estadio de San Martín la selección de Polonia, una de las potencias del fútbol mundial. Será esta la primera vez que en nuestra ciudad juega un seleccionado europeo, circunstancia que, sin lugar a dudas, incidió en el enorme interés que el cotejo de hoy ha despertado entre los aficionados locales, el que se tradujo en una gran demanda de entradas apenas fueron estas puestas a la venta”, anticipaba este diario.
Resistieron en la llovizna
El miércoles 8 de junio de 1977, LA GACETA salió a las calles con un titular que hoy parece inverosímil (y en aquel momento también): “Polonia y San Martín empataron 1 a 1”. Desafiando el frío, la cancha presentó un gran marco de público, incluso contando con la presencia de Antonio Domingo Bussi, gobernador de facto en aquel entonces.
El dueño de casa saltó a la cancha con Juan Maguna en el arco; Salinas, Laguna, Kolhi y Moreno en la defensa; Orlando “Lito” Espeche, Marchese y Jacinto Eusebio Roldán en el mediocampo; e Ignacio, Rivadeneira y Pacheco en la delantera.
Desde el arranque, el conjunto visitante impuso sus condiciones y llegó “con mucha claridad” al arco de Maguna. Sin embargo, el “Santo” resistía gracias a la “seguridad en la marca de Salinas y Laguna” y al despliegue de Marchese para neutralizar el peligro polaco.
Tras un tiro en el palo de Lato y un remate en el travesaño de Deyna, la defensa sanmartiniana siguió aguantando, aunque le costaba generar en ataque.
En el segundo tiempo, cambió el trámite. Los ingresos de Martínez y Víctor Pereyra le dieron aire a la ofensiva local y le “complicaron el partido a la visita”. Con el auxilio de Pereyra, “Espeche se vio liberado y pudo trabajar mejor en sentido ofensivo”, permitiendo los desbordes de Pacheco y algunas pinceladas de Roldán.
La sorpresa llegó tras un foul de Janas a Pacheco. Espeche, con un penal certero, batió a Tomaszewski, puso en ventaja a San Martín y el encuentro ganó en emotividad frente al asedio polaco en busca de la igualdad.
A pesar de las lucidas intervenciones de Maguna e incluso algún susto más para la defensa rival, los de Ciudadela no pudieron sostener la ventaja y Polonia terminó empatando por medio de Andrzej Szarmach (siete goles en Copas del Mundo), a 10 minutos del final. Los tucumanos sintieron el esfuerzo físico y se aferraron con uñas y dientes al empate. Los europeos, físicamente superiores, intentaron hasta el final, pero no hubo caso. 1 a 1 y festejo en La Ciudadela.
“El empate fue celebrado como si fuera un triunfo por los aficionados presentes, quienes con estoicismo soportaron la caída de una fina llovizna durante todo el cotejo”, resaltaba nuestro diario.
Las lecciones de Gmoch
Más allá del resultado, el archivo nos devuelve una entrevista fascinante realizada en el hotel antes del encuentro. El técnico polaco, Jacek Gmoch, lejos de los elogios de compromiso, lanzó una crítica al fútbol argentino. En una conferencia de prensa compartida con dirigentes “santos”, Gmoch analizó las “deficiencias” del fútbol argentino.
“Mala preparación física y técnica”, sentenciaba el DT. Para él, el jugador argentino era demasiado lento en la transición y carecía de la disciplina táctica necesaria para el fútbol de alta competencia que se venía. Curiosamente, meses después, Argentina se coronaría campeona del mundo con un estilo que combinaba ese talento natural con la disciplina que el entrenador europeo reclamaba.
Consuelo no, hazaña sí
Tras su visita a Tucumán, Polonia viajó a Lima y La Paz, donde superó a las selecciones de Perú y Bolivia; igualó con Godoy Cruz y venció a Cipolletti, antes de terminar su mes en Sudamérica con una derrota ante Brasil.
El pitazo final y el festejo bajo la llovizna sellaron una de las páginas más singulares del deporte tucumano. Polonia se fue de la provincia con una lección de humildad. San Martín se quedó con la certeza de que, aunque la Copa del Mundo pasaría lejos de Tucumán, nuestra provincia había tenido su propia final.
Deyna, Lato y compañía continuaron en la élite y volvieron a salir terceros en el Mundial de España 1982. Pero el fútbol tucumano, esa fría noche, demostró que no conocía de fronteras ni de jerarquías.